Domingo 25 de Enero de 2026

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CAMPO

“No hay un agrónomo por cada productor y es un tema: nadie se opera con alguien que no sea cirujano”

Entrevista a Adriana Rodriguez, decana de la FAUBA. Cómo abordar la escasez de agrónomos, el problema de la pérdida de docentes, las dificultades de las restricciones presupuestarias y el "picante" debate de la propiedad intelectual en los proyectos públicos-privados.

Alcanzan los dedos de una mano para contar los kilómetros que separan el centro geográfico de la Ciudad de Buenos Aires, con su vértigo, sus luces y sus sonidos interminables, hasta encontrarse con un tractor, un lote de maíz, o insumos como fitosanitarios o fertilizantes listos para ser usados.

El aire de campo en plena tierra porteña está enmarcado entre las avenidas San Martín, Beiró y Constituyentes, incluso hasta el Ferrocarril General Urquiza tiene una estación -Pedro Arata- en el inmenso predio de la Universidad de Buenos Aires en el que están radicadas las facultades de Ciencias Veterinarias, por un lado, y la de Agronomía (FAUBA), por el otro.

A principios del siglo pasado se habían construido los principales pabellones que hoy son las habituales paredes y pasillos para los alumnos de la UBA que estudian carreras de grados como Agronomía, Ciencias Ambientales, Economía y Administración Agrarias, Gestión de Agroalimentos, Planificación y Diseño del Paisaje o el profesorado en Ciencias Ambientales.

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“Las clases para la carrera de Agronomía empezaron en septiembre de 1904, pero 40 años después empezó a verse una preocupación muy grande por el impacto de la agricultura sobre el suelo. Eran tiempos en los que únicamente se utilizaba labranza, lógicamente. Aquí se empezó a investigar justamente el impacto sobre la estructura física de esos suelos”, explicó Adriana Rodríguez en una extensa charla con Infocampo, en el predio universitario, en el marco de la serie de entrevistas pensadas para abordar el déficit de agrónomos que constituye otro aspecto a abordar en el agro argentino.

Luego, retomará este punto y evaluará algunas implicancias del modelo actual, el de la siembra directa.

EL ÉXODO DE DOCENTES, UN PROBLEMA

Rodríguez es desde 2022 la decana de la FAUBA. Sus inicios trabajando suelos datan de su infancia, al calor de la historia de sus abuelos, quienes le legaron un rico historial de costumbres agropecuarias provenientes de Italia y España. Con los años la inquietud se transformó en vocación y en 1989 se recibió de ingeniera agrónoma en la facultad.

Su carrera en la docencia la llevó a ser secretaria académica en dos períodos diferentes, y luego fue elegida como decana. Especialista en el rubro de pasturas, también cuenta con una maestría en recursos naturales y un doctorado en ciencias agropecuarias.

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Su objetivo, dice, parece estar bien en claro: “mejorarle la vida a la comunidad de la facultad, ya sea tanto a los docentes como a los ‘nodocentes’ y a los estudiantes”. Pero el problema de eso, hoy, parece estar en dar con cierta armonía financiera y evitar que la crisis económica que atraviesa la UBA toda deje saldos irrecuperables. Y en un futuro no muy lejano.

Rodríguez describió un panorama de recortes y negociaciones con empresas que, si bien siempre existieron y existirán como posibilidades para intercambios público-privados, ante la ausencia de presupuesto estatal -el último asignado alcanzó hasta abril de 2025- esos convenios pasaron a ser ni más ni menos que la fuente de financiación para mantener una estructura que acusa el golpe.

Hay una seria sangría de docentes altamente calificados que, por distintas situaciones, eligieron dejar las aulas: se trata de jóvenes profesionales que eligieron el camino de las universidades extranjeras o el sector privado, o docentes con décadas de formación y conducción universitaria que prefirieron “jubilarse antes”, ante el temor de cambios en sus esquemas jubilatorios.

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“Fácil, se fueron 100 docentes en total, de un plantel de más de 700”, lamentó la decana.

Por otro lado, claro está, los objetivos no están únicamente en el aspecto financiero. La pandemia todavía deja consecuencias negativas por enmendar, como los hábitos de los estudiantes en relación al propio predio. En la comunidad académica aseguran que antes de la expansión del Covid-19 el alumnado en general tenía una relación mucho más terrenal con el espacio, habitándolos.

“Más allá de que aprendimos mucho sobre dar clases a distancia y existe una cantidad importante de contenidos de actividades bien armadas y preparadas que se pueden hacer de ese modo perfectamente, obvio que hay otras que no. En nuestra carrera necesitamos prácticas, tenemos un montón de parcelas experimentales y de campo de prácticas para estudiantes y de laboratorios y de invernáculos, eso de ninguna manera lo reemplaza la virtualidad, por más que puedan ver un video de cómo se hace algo”, resumió.

Para Rodríguez, “es muy importante la formación como individuos y ciudadanos responsables, comprometidos con su comunidad, con su país. Y eso a mí me cuesta pensar que se pueda lograr con un vínculo virtual”.

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Ahora, ante este contexto, las autoridades educativas reconocen que un tanto forzados por la situación están “aprendiendo a negociar” con el sector empresarial tratando, al menos como objetivo, no perder el horizonte educativo y blindar los contenidos. “El punto picante es la propiedad intelectual de lo que salga de una investigación y mantener discreción sobre los productos resultantes”, explicó.

“Y eso siempre es una discusión y es lógica, está bien. Nosotros como comunidad y universidad pública queremos que en algún momento los productos de esa investigaciones se publiquen, tienen que ser publicables porque nosotros generamos conocimiento para todos”, expresó Rodríguez.

EL PRESUPUESTO DE LA FAUBA

-El año pasado, la UBA resolvió tomar el camino de la Justicia para buscar que el Gobierno aplique la Ley de Financiamiento Universitario. ¿Cuál es la situación de la FAUBA?
-Bueno, esa es otra de las cuestiones con las que me encontré al poquito tiempo de asumir en agosto de 2022, no hubo presupuesto de ese año. Y todavía no lo hay.

-Con lo cual, su gestión hasta ahora no tuvo nunca un presupuesto propio.
-No, desde que asumí, no. En 2025 la UBA abrió el crédito para todas las facultades con el presupuesto del año anterior, que a su vez viene prorrogado del año anterior todavía, y ese presupuesto de funcionamiento de recursos del Estado, del Gobierno Nacional, nos alcanzó para funcionar hasta el pasado mes de abril. A partir de mayo estamos funcionando con recursos propios.

-¿Llámese?
-Llámese aquellos convenios que la facultad tiene con empresas privadas, con organismos públicos, con ONG’s. Justo antes de esta entrevista se acababan de ir dos de los representantes del Consejo Profesional de Ingeniería Agronómica, con quienes también tenemos convenio. Algunos son para prestar servicios de asesoramiento, consultorías para desarrollar y hacer desarrollos o innovaciones tecnológicas para algunas empresas, y a través de esos mecanismos recibimos un ingreso y desde mayo estamos sobreviviendo con eso.

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-¿Cómo son esos convenios? ¿Cuánto duran?
-Hay algunos que son por 6 meses, son los de servicios en donde nuestros docentes investigadores prestan el servicio de asesoría a una empresa o algún caso incluso también muchas veces es con Gobiernos subnacionales, por ejemplo, municipios o gobiernos provinciales, y esos son más cortos. Hay otros convenios que son de más tiempo, de 2, 3 o 4 años según el objeto. Cuando implica desarrollar una tecnología que lleva tomar muestras, analizarlas, en general esos convenios son de varios años, de dos o más años.

-¿Cuántos hay activos?
-Más de 30, pero no todos implican ingresos, porque tenemos convenios con algunos organismos que no implican ingresos directos en plata, más allá que es la que nos permite vivir (NdR: en este link la FAUBA presenta sus convenios activos; la totalidad supera los 180 más allá de que impliquen ingreso de dinero o no). Pero convenios con otras universidades del mundo, tenemos un montón. Hay muchos intercambios de equipos de investigación o de estudiantes, que no es ingreso para nuestra facultad ni para la otra, sino que es un convenio para intercambiar conocimiento y llevar adelante investigaciones en conjunto. Los convenios que sí implican ingresos en general son con empresas o con organismos públicos.

-¿Cuál es el riesgo real de que persista la situación que describe?
-El riesgo es muy grande. Hay que pensar que todas nuestras carreras tienen viajes de estudio que financiamos con recursos propios porque la facultad tiene dos minibuses. Entonces el combustible, el peaje, los viáticos de los choferes, de los docentes, todo eso se financia con recursos propios. Tuvimos que hacer una racionalización muy grande y la mayoría de los viajes son de ida y vuelta en el día. Eso achica la propuesta, y es una pena. Pero la Ley de Financiamiento Universitario en realidad lo que permite es un presupuesto mínimo para seguir funcionando. Tampoco es que vamos a convertirnos en Harvard, no es eso: es seguir funcionando y mejorar mínimamente los salarios de los docentes y de los ‘no docentes’. Ahí está lo más tremendo.

-¿Por qué?
-Porque es muy difícil de revertir. Hasta ahora renunciaron 70 docentes de esta facultad, la más chiquita de la UBA. Perdimos al 10% del plantel. La gran mayoría de ellos son docentes jóvenes entre 30 y 40 años, doctorados y con una formación de posgrado.

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-¿Hacia dónde se fueron?
-A empresas privadas o a otras universidades de Brasil, Uruguay, Chile o de Estados Unidos. Hace poco renunciaron dos investigadores que ahora están en Países Bajos, en la Universidad de Wageningen. Uno de ellos estaba en mejoramiento genético animal, que es un tema re potente hoy. Pero bueno, si quieren investigar, en nuestro país los centros en donde se hace investigación, que es lo que permite después desarrollar tecnologías, son en las universidades públicas, donde están la mayoría de los centros del CONICET.

-¿Cuánto gana aproximadamente un docente de ese nivel?
-Hay que pensar que un joven con doctorado con un cargo de jefe de trabajos prácticos con dedicación exclusiva cobra menos de un millón de pesos y en un periodo de su vida en el cual en general está formando una familia. Y es imposible sostener eso más allá de la inversión que hizo la universidad pública y el Estado nacional. Perder eso es lo peor que nos pasa, porque formarlos implicó una inversión de 10 años. Y después no van a volver. ¿Cómo esa persona va a cobrar $1.000.000 o un poco más, con el potencial que tiene para el desarrollo de nuestro país? Son líneas de investigación y de desarrollo que son vitales para nuestra producción agropecuaria, las ciencias ambientales y la producción de alimentos. O la economía circular. Muchos fueron mis alumnos, los conozco con nombre y apellido. Hay algo afectivo también. Pero después de tres o cuatro años que están trabajando afuera, que se instalaron y sus chicos chiquitos están yendo al colegio, tienen sus amiguitos…¿Cómo los traigo de vuelta?

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INVESTIGACIÓN Y EMPRESAS

-¿Es válido que el sector empresario, sobre todo quienes tienen mayor capacidad, busquen que la investigación esté en los privados y no tanto en el sector público?
-Yo sinceramente creo que la investigación y el desarrollo científico tiene que ser una articulación, un trabajo conjunto público-privado, donde cada parte pone sus necesidades e intereses, donde se dialoga y se llega a un acuerdo y a un desarrollo, digamos, “lógico”. Porque de nada sirve que desde la academia se investigue algo que después no se puede transformar en un producto o en un servicio que sirva para mejorarle la vida a la gente. Y por el contrario, en la empresa privada en general, la estructura para desarrollar la investigación le costaría muchísimo si busca replicar lo que está en las universidades públicas o en los institutos de investigación. Entonces, lo más sensato es trabajar juntos, esa es la vía y esa articulación tiene que ser valiosa, donde los dos lados ganen. Yo no estoy dispuesta como decana a que una empresa me diga qué tengo que investigar.

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-¿Hay intromisión en ese punto? ¿Dónde está la pulseada?
-En general el punto picante, digamos, es la propiedad intelectual de lo que salga de ahí y mantener discreción, digamos, sobre los productos de esa investigación. Y eso siempre es una discusión y está bien que lo sea, es lógico. Nosotros como universidad pública queremos que en algún momento los productos de esa investigación se publiquen. Tienen que ser publicables porque nosotros generamos conocimiento para todos. Hay una parte que no se publicará, hay una parte que será, y que también es lógico el valor que le da la empresa a ese desarrollo, pero bueno, eso se negocia, no son negociaciones fáciles, pero sí son posibles. Nos sentamos en una mesa, discutimos y llegamos a un acuerdo y si no llegamos un acuerdo, no saldrá el convenio, y listo.

-En este tipo de convenios y negociaciones, tal vez los casos más reconocidos en el mundo agropecuario de los últimos tiempos hayan sido las investigaciones en tecnología HB4 de Raquel Chan que motorizó Bioceres, o el trabajo de extremófilos de María Eugenia Farías, que se asoció a Puna Bio. ¿Hay casos similares en la FAUBA actualmente?
-Tenemos un par de casos que ya existen de desarrollos tecnológicos, sobre todo de empresas incubadas en la facultad, pero hasta que no se termine todo el proceso, no se puede publicar. Pero con estas empresas de base tecnológica, la facultad tiene una gran cantidad de cultivares mejorados genéticamente que se generaron aquí. Ahora estamos trabajando en una línea de arándanos también con una empresa europea y bueno, son caminos relativamente nuevos, son caminos complejos, estamos aprendiendo a negociar en esos espacios. Hay líneas muy interesantes de bioremediación con microalgas, reutilización de residuos de la producción agropecuaria para hacer fertilizantes. Las desarrollamos acá.

-Hablando de negociaciones, ¿las carreras y sus materias incluyen herramientas “blandas” para los alumnos, el manejo del dinero y las finanzas?
-Sí. Las habilidades blandas son una de las cuestiones a fortalecer. Y si bien tenemos materias en la carrera de agronomía acerca de finanzas, la cuestión más de negociación o de vínculos lo tenemos más en una carrera de posgrado, en una actualización profesional. Vamos a meterlo en materias que ya están, como una práctica. Son dos líneas en ese sentido, una es cómo me comunico con el otro y llega mi mensaje, porque en el ámbito agropecuario hay culturas muy diferentes. Y por otro lado cómo negocio en mi trabajo profesional, ya sea individual o colectivo con otros.

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-¿Y en nuevas tecnologías?
-También. En vez de hacer una materia que sea ‘cómo uso las imágenes satelitales’ o ‘cómo uso la IA’, se darán como prácticas en las materias.

-¿Ahí también inciden los costos?
-Nosotros usamos softwares libres, siempre, más allá de que cada alumno quiera pagarlo o algún docente, es decisión de ellos. De hecho, todo lo que es la línea de uso de imágenes satelitales para distintos fines en distintas materias, es libre y es un principio importante.

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JUBILACIONES

-¿Qué sucede en la otra punta del cuerpo de docentes, con quienes están cerca de jubilarse?
-Simultáneamente al proceso de los docentes jóvenes se dio otro proceso: se jubilaron un montón de profesores por miedo a que cambie el régimen jubilatorio especial que tenemos los docentes investigadores. Hubo un montón de profesoras mujeres que podían seguir hasta los 65 y se jubilaron ni bien cumplieron 60. Y también había un montón de profesores varones que podían seguir hasta los 70 y decidieron jubilarse antes, también una vez que cumplieron 65. En total perdimos como 30 profesores por jubilaciones, y cumplían un papel fundamental porque son los que forman los equipos.

-Y entre los docentes que se jubilaron antes y los docentes jóvenes que se fueron, ¿cuántos perdieron?
-Fácil 100, de un plantel total de más de 700. No quiere decir que tengamos menos, porque los hemos ido reemplazando, pero el tema es por quién los reemplazás. Porque a un profesor o profesora titular con todas las ‘cucardas’ que se jubila a los 60 años, yo no tengo otra persona de esa categoría para poder darle ese sueldo. Lo otro limitante también es el financiamiento de los proyectos de investigación, y otras líneas de financiamiento que provenían de la Agencia Nacional de Ciencia y Técnica, agencia que prácticamente desapareció, y que no abrió más convocatorias para proyectos de investigación. A su vez otro tema está en las publicaciones de revistas de primer nivel: cada publicación puede costar entre u$s 2000 y u$s 3000, estamos corriendo un riesgo tremendo porque tenemos una performance muy buena, hay varios rankings internacionales que nos califican muy bien, pero dentro de poco ya lo vamos a perder porque hay que tener ritmo de publicación.

¿Cuántos alumnos vienen a la FAUBA?
-5000.

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PROFESIONALES PARA EL MUNDO LABORAL

-Saliendo de lo que tiene que ver con las negociaciones para un determinado convenio, ¿cómo se piensa un plan de estudio? ¿Cuáles son los objetivos y cómo inciden las demandas de los mercados laborales en los que se insertarán los graduados? ¿Existe una pulseada también ahí?
-Sí existe y me parece que está muy bien como concepto, porque nosotros formamos profesionales que tienen que insertarse en el mundo laboral, no podemos no mirar lo que demanda el mercado. Pero también tenemos que mirar lo que demanda la sociedad. Y en esa articulación es que tenemos que ir actualizando los perfiles profesionales y formar a quienes por ejemplo les toque funcionarios públicos en gobiernos y pensar en el ambiente, en la producción, en el arraigo. Para nosotros por ejemplo Turismo Rural es una carrera re importante porque tiene esta mirada de desarrollo territorial y pone sobre la mesa importancia de la cultura aunque alguien pueda decir “eso tendría que ser un tema de Filosofía y Letras o de Sociología”. No, es un tema de nuestro ámbito también y lo abrazamos con mucho compromiso. Jardinería o la tecnicatura en Florihorticultura son fundamentales.

-¿Dónde ven eso más acentuadamente?
-En los cinturones de las grandes ciudades es una actividad importantísima de las comunidades vulnerables, y a nosotros nos importa mucho trabajar allí. Y entonces no solo miramos el mercado, también miramos la importancia que tiene para el desarrollo de nuestro país pensar en alternativas para estas comunidades. Quizás los habitantes de CABA no lo saben, pero lo que comemos todos los días en la mesa lo producen esas comunidades que están en el cinturón verde de las grandes ciudades y con ellos tenemos que trabajar, porque no tienen las mismas posibilidades que las grandes empresas. Nosotros tenemos que formar profesionales para todo eso. Y estamos muy convencidos de que tiene que ser así (NdR: remarca esta última frase).

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Imagen: Cátedra de Semillas de FAUBA

-¿Faltan ingenieros agrónomos a campo? Hace algunos meses el investigador de la Universidad Nacional de La Pampa Martín Díaz Zorita afirmó que era necesario que hubiera más en los lugares donde el productor agropecuario planifica y decide. ¿Coincide?
-No sé, la verdad que es que no sé si es así. Nosotros, por ejemplo, tenemos un convenio con Aapresid, con Aapresid Joven, en donde nuestros estudiantes avanzados o recientes graduados se vinculan y hacen prácticas, y desarrollan en función de un diagnóstico y de necesidades. Hacen una red de ensayos en distintos campos. Yo creo que lo podemos mirar de dos lados, ¿no? Esa podría ser un lado de la mirada, que no sé si es tan así, pero hay otro lado también: el hecho de que los productores agropecuarios contraten asesores agrónomos no es algo generalizado, esa es la verdad. No tenés un ingeniero agrónomo por cada productor agropecuario, y eso es un tema porque a nadie se le ocurre irse a operar con alguien que no sea cirujano. En cambio acá la cosa es más gris. No puedo dejar de mencionar que teníamos un programa de Cambio Rural en donde muchos egresados de nuestra facultad asesoraban a productores de una escala menor. Pero esto tampoco está más.

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-¿Cómo se refuerza ese vínculo entre productores y agrónomos?
-Mirá, yo provengo del área de forrajes, por lo tanto, estoy más cercana a la ganadería, donde los productores seguro tienen un veterinario, pero no un agrónomo. Hay muy pocos, tal vez.  Quizás tendríamos que explorar alguna alternativa parecida a CREA, que es muy exitosa. Pero nosotros, la FAUBA, estamos en ‘desventaja’, porque es una facultad que está en el medio de la ciudad.

-Hoy se habla de agroindustria y los vínculos entre el campo y la ciudad, pero Argentina es un país muy extenso y con realidades muy distintas según cada región. ¿Cómo juega en la decisión de un estudiante la elección de dónde vivir?
-Lo que tratamos de mostrar es la gran diversidad que tiene la inserción profesional de todas nuestras carreras, algo que puede ser una desventaja parala carrera de Agronomía, pero también es una ventaja para otras carreras, como Florihorticultura y las producciones en el AMBA. Ahí viene bien que estemos en la ciudad porque están más cerca, y eso tiene un diálogo permanente con la agronomía. De hecho, somos los mismos profesores los que damos clase en agronomía y en las carreras técnicas. Lo podemos ver como una desventaja en un sentido, lo podemos ver como una ventaja en otro, pero sí lo que seguro nos abre la posibilidad es mostrar que pueden insertarse profesionalmente en actividades que no necesariamente tengan que irse a vivir al campo. De hecho, los laboratorios biotecnológicos de las empresas que industrializan alimentos se maneja desde las grandes ciudades.

-¿Y ven en las empresas una visión de comunidad, también?
Hubo una diferencia en estos últimos años, hay un planteo más amigable con un montón de cosas.

-¿Por ejemplo?
-Muchas empresas importantes del sector agropecuario, multinacionales, vienen a buscarnos por temas de sustentabilidad para hacer evaluaciones de sumidero de carbono, bonos de carbono, etc. Nosotros aprovechamos también esos vínculos sabiendo quién es el interlocutor, porque también podemos permear con nuestra forma de ver las cosas en esos ámbitos y eso es bueno para todos, me parece. Este año hicimos convenios con empresas forestales porque en la facultad tenemos un grupo muy importante de ello, y en ese ámbito se firmaron varios convenios con empresas forestales muy importantes. Entonces, la universidad tiene la posibilidad, por suerte, de sentar en la mesa a todas esas patas, porque obviamente una empresa forestal importante tiene que estar en la mesa, y también la ONG que mira lo ambiental y la importancia de los habitantes del Delta, por ejemplo. Y nosotros los podemos sentar, hablar y tratar de llegar a ciertos acuerdos que no van a ser el 100%, pero con que lleguemos al 80% ya estamos todos contentos en esos acuerdos.

EL GOBIERNO Y LA BIOECONOMÍA

-La FAUBA continúa trabajando el concepto de la bioeconomía, algo que llegó incluso al Gobierno de la mano de Fernando Vilella, docente de esta casa. Sin embargo, las primeras palabras públicas del actual máximo funcionario nacional del área, Sergio Iraeta, fueron ‘dejemos atrás las discusiones semánticas’. ¿Hay otra pulseada también ahí?
-Yo creo que no, son discursos que se usan en determinados momentos por determinado objetivo político, pero sinceramente creo que no. Nuestra facultad tiene muy clara la importancia de la bioeconomía y la economía circular. Ponele el nombre que quieras, no importa el nombre, será lo de menos. Eso sí: tenemos muy claro que la producción agropecuaria tiene un montón de consecuencias, y que buscamos minimizar las negativas y maximizar las positivas. La economía circular o la bioeconomía es una forma de buscarle la vuelta a eso. A mí no me importa qué nombre le pongan, sinceramente. Creo que es lo de menos. Mientras quede claro que para la Universidad de Buenos Aires es inescindible la producción agropecuaria o cualquier intervención del hombre con el cuidado del ambiente, ya está.

-¿Pero la salida de Vilella del Gobierno hizo perderle espacio en la discusión pública a la bioeconomía?
-La verdad es que no tengo una respuesta a eso. Yo creo que hay otra cosa, independientemente de Fernando, que es que este Gobierno, este Poder Ejecutivo, trae un discurso contrario o negador de todo lo que sea el cuidado del ambiente, de hecho niega el cambio climático. Lo dijo en varias oportunidades. Así como otras cuestiones que para nosotros son cosas que tienen evidencia científica desde hace mucho tiempo, como que las temperaturas de la Tierra aumentan, que aumenta la concentración de dióxido de carbono. Está medido en todo el mundo. Es así, y es producto de la actividad humana. ¿Vamos a dejar de producir cosas? No, no vamos a dejar, tenemos que producirlas mejor con otro tipo de energías. Eso es lo que tenemos que hacer. Entonces, si reemplazamos la energía fósil por otro tipo de energía, acá lo estudiamos y acá vemos cómo tenemos una empresa incubada muy exitosa de egresados de esta facultad que hicieron biodigestores para usar la bosta de producciones porcinas, o de tambos para hacer biogás. Vamos a ir por ese lado. Lo mismo pasa con temas de género: le damos mucha importancia y tenemos una Comisión de Género y protocolos ante casos de violencia de género. Le damos bolilla a eso, aunque el Gobierno va en contra, nosotros no vamos a dejar de estar muy seguros que vamos por ese lado y que tenemos que seguir en ese camino. Lo demás es una cuestión semántica.

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LABRANZA

-Hoy Aapresid alerta por el crecimiento, en algunos casos, del uso de labranza. ¿Qué observan?
-Tenemos un grupo muy reconocido de investigadores que trabajan en ese tema y que están muy vinculados con Aapresid. El efecto de la siembra directa permanente durante muchos años está trayendo problemas sobre todo en la estructura física de los suelos, de compactación. Lo están investigando y están pensando en alternativas para resolver ese problema. El problema es que está tan extendido en todo nuestro país que es un problema a gran escala, pero otras universidades, Rosario, La Pampa, Mar del Plata, están trabajando en los mismos temas, con una línea de trabajo para pensar buenas prácticas para mejorar esto. Estamos trabajando muchísimo en cultivos de servicio y una serie de alternativas secuenciales para mejorar.

-De acuerdo a quién se escuche, también, a veces el problema parece ser la compactación y otras la labranza.
-Yo no soy especialista en suelos, con lo cual no voy a meterme en detalle en esto. Sí, creo como concepto general es que cualquier intervención repetida sistemáticamente durante un montón de tiempo va a tener una consecuencia negativa. Lo que sí sé, porque estudié e investigué, es que en todo caso tiene implicancias serias la aplicación de glifosato, no tanto por el glifosato en sí, sino por la homogeneización del paisaje: todo es lo mismo. Si todo es lo mismo perdimos las banquinas como corredores biológicos, no tenemos más alambrados, si queremos cambiar de producción y meter algo de ganadería no podemos porque ya no hay alambrado. Entonces el impacto sobre la biodiversidad de homogeneizar las gigantescas extensiones, lo veo como un problema más importante o más complicado.

Por Ezequiel Morales

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