Atahualpa Yupanqui, el hombre que enseñó a escuchar la tierra

A 118 años de su nacimiento, Atahualpa Yupanqui sigue vivo en el folklore argentino: sus frases hablan de la tierra, el desarraigo y la identidad profunda. Diez pensamientos que hoy dialogan con la cultura popular y el país.
Un 31 de enero de 1908 nacía Héctor Roberto Chavero, el hombre que con el tiempo sería conocido como Atahualpa Yupanqui, una de las figuras más profundas, influyentes y universales del folklore argentino.
Poeta, cantor, escritor y pensador, Yupanqui no solo hizo canciones: construyó una manera de mirar el mundo. Su obra trascendió la música para convertirse en pensamiento, identidad y raíz cultural, atravesando generaciones y fronteras.
Autor de más de 320 canciones y una vasta producción literaria, dejó obras fundamentales como Luna tucumana, Los ejes de mi carreta, Piedra y camino y libros que le valieron reconocimiento internacional. Pero, además, dejó algo aún más perdurable: palabras que siguen interpelando al hombre y su vínculo con la tierra.
Su legado permanece vigente porque habla de valores universales, del desarraigo, de la dignidad del hombre sencillo, de la naturaleza y de la memoria colectiva. Sus frases, cargadas de sensibilidad y compromiso, invitan a pensar, a escuchar y a entender.
Estas son diez frases que condensan el espíritu de Atahualpa Yupanqui:
“La música es una de las cosas que puede salvar al mundo.”
Una definición ética y estética de su concepción artística.
“Soy un cantor de artes olvidadas.”
Una declaración de principios y de pertenencia cultural.
“Cuando se abandona el pago, el alma tira pa’ atrás.”
El desarraigo convertido en poesía popular.
“Andaré por los cerros, selvas y llanos arrimándole coplas a tu esperanza.”
El compromiso eterno con la tierra.
“Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas.”
Una síntesis brutal sobre la injusticia social.
“Yo camino por el mundo. Soy pobre. No tengo nada. Sólo un corazón templado y una pasión: la guitarra.”
La definición más honesta del cantor popular.
“Toda la selva en fuego ofrecería por un poco de luz.”
La poesía llevada al límite del sentimiento.
“Alguna vez volveré por esa senda.”
La memoria como refugio y promesa.
“Ninguna fuerza abatirá tus sueños.”
La resistencia como bandera.
“No le tengo miedo a la muerte, sino al trance de llegar.”
La sabiduría del hombre que pensó hasta el final.
¿Quién fue Atahualpa Yupanqui?
Héctor Roberto Chavero nació en Campo de la Cruz, provincia de Buenos Aires. Hijo de una campesina de origen vasco y de un trabajador ferroviario con raíces indígenas y criollas, desde muy pequeño estuvo ligado a la música. A los seis años comenzó a estudiar violín, aunque pronto encontró en la guitarra su instrumento definitivo.
En Junín se formó con el maestro Bautista Almirón y absorbió tanto la música popular como la clásica, un cruce que marcaría para siempre su estilo. En 1913 adoptó el seudónimo Atahualpa, inspirado en el último emperador inca, y más tarde sumó Yupanqui, nombre que puede traducirse como “el que viene de tierras lejanas a contar”.
En 1917 se mudó a Tucumán y, a los 19 años, compuso Camino del indio, una de sus primeras obras emblemáticas. Durante años recorrió extensamente la Argentina, absorbiendo paisajes, tradiciones y sonidos que luego transformó en canciones y poemas.
Atahualpa Yupanqui se casó 1942 con Antoinette Paule Pepin Fitzpatrick, quien escribió varias de sus canciones
En 1942 conoció a Antoinette Paule Pepin Fitzpatrick, Nenette, pianista y compañera de vida. Juntos compartieron 48 años y ella fue coautora de más de 60 canciones fundamentales del cancionero popular, muchas firmadas bajo el seudónimo Pablo del Cerro, entre ellas El arriero y Luna tucumana.
Desde la década del 60, Yupanqui alcanzó reconocimiento internacional, con giras por América, África, Asia y Europa. Se estableció en Francia, aunque nunca dejó de volver. A lo largo de su vida grabó más de 1200 canciones, dejó cerca de 300 obras propias y desarrolló una producción literaria clave, con títulos como Piedra sola y Cerro Bayo.
Atahualpa Yupanqui murió en 1992, pero su voz sigue caminando. Sus palabras no pertenecen al pasado: siguen enseñando a escuchar la tierra, a pensar la identidad y a entender el folklore como una forma de conciencia.
Redacción | La Folk Argentina
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